Hermandad del Buen Fin

ADVIENTO2013

Adviento: tiempo de esperanza

ADVIENTO2013 

Adviento: tiempo de esperanza 

Es en medio de nuestro mundo donde los cristianos hemos de «dar razón de nuestra esperanza», a nosotros mismos y a los hombres y mujeres de hoy. Creemos en el «Dios de la esperanza», el primero en «esperar contra toda esperanza», y creemos en «Cristo Jesús, nuestra esperanza», «crucificado por los hombres pero resucitado por Dios». Vino y abrió el horizonte de un mundo nuevo; viene y nos pone en pie. Queremos celebrar su venida saliendo a su encuentro. La esperanza no es una meta que nos proponemos, sino una persona que viene al encuentro como salvador, el sol que sale de lo alto y nos atrae con su luz. No se trata de una virtud para un momento o un tiempo del año, sino una actitud y un estilo de vida. Un cristiano sin esperanza no es cristiano.

 ¿Para qué sirve la esperanza?

 

 

 Sirve para aprender a sonreír. Sin esperanza enfermaríamos de tristeza y seriedad, perderíamos nuestra condición de niños y terminaríamos siendo los unos para los otros una carga insoportable. Sin esperanza la naturaleza se vestiría de otoño y el mundo seria más viejo.

Sirve para aprender a soñar. Sin esperanza seríamos aburridos, siempre las mismas metas y los mismos caminos, siempre las mismas costumbres y los mismos objetivos. ¿Tú qué quieres ser? Yo, como mi padre. Y el niño se llamará Zacarías, como su padre. Sin esperanza no existirían cuentos para los niños ni ciencia ficción para los jóvenes ni mitos y leyendas para los mayores. Sin esperanza, ay, se acabarían los poetas y los profetas. Los sueños, como los ideales, sirven para que caminemos a su luz y nos vayamos acercando a ellos. Tienen una función didáctica e iluminativa. Soñando, soñando, se han conseguido muchas cosas que antes parecían imposibles. Soñando, soñando, se llegó a abolir la esclavitud, a devolver a la mujer su dignidad y sus derechos, como el voto, a dignificar también a los niños, a poner en su sitio a los obreros, a implantar democracias, a respetar la naturaleza…

Sirve para aprender a luchar. Sin esperanza huiríamos ante cualquier amenaza y sucumbiríamos ante cualquier dificultad. Una persona desesperanzada es una persona derrotada. Sin esperanza ¿qué Himalaya se podría superar? Sin esperanza ¿qué oposición se podría ganar? Sin esperanza ¿qué vicio se podría corregir? Dicen que hoy la cultura joven rehúye el esfuerzo, es porque adolece de desencanto. Pero la esperanza redobla nuestras energías. ¡Cuánto se puede cuando no se puede más, mientras haya un aliento de esperanza!

Sirve para aprender a rezar. Conscientes de nuestra debilidad, la esperanza nos invita a mirar a lo alto. Nuestra confianza no se fundamenta en las propias fuerzas y talentos, sino en las palabras y las promesas del Señor. «No pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita» (2 Co 1,9). Al palpar la distancia entra lo que podemos y lo que esperamos, no podemos hacer otra cosa que gritar y confiar: « ¡Señor, ven en mi auxilio!». Cuando Pedro se hundía, «gritó: ¡Señor, sálvame!» (Mt 14, 30); cuando la hija de Jairo se moría, éste cae a los pies de Jesús «y le suplica con insistencia: (…) impón tus manos sobre ella» (Mc 5, 22-23); y cuando el mismo Jesús expiraba, «dando un fuerte grito, dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc23,46).

Sirve para aprender a vivir. Vivir no es subsistir. Sin esperanza la vida es mortecina, aunque se viva mucho tiempo. No es cuestión de poner años a la vida, sino vida a los años. Sin esperanza la vida es una carga y un castigo, antesala del infierno, en el que toda esperanza es desconocida. Vivir es sembrar y esperar, es comprometerse y esperar, es dar y esperar. Vivir es sufrir y esperar, es sembrarse y esperar, es morir y esperar. Vivir es convivir, amando, y amar esperando. Vivir es creer, amar y esperar.

Que todos tengamos un buen comienzo de adviento.

Rvdo. P. Fray Manuel Domínguez Lama. OFM.

 

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